UNO DE LOS SECRETOS DEL ÉXITO: LA DISCIPLINA A TRAVÉS DE DE LA TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN

UNO DE LOS SECRETOS DEL ÉXITO: LA DISCIPLINA A TRAVÉS DE DE LA TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN14 Nov
Siempre me han llamado la atención esos niños, y sus padres, que al comer un plato de paella exclaman en un tono plañidero “¡Mamá, no quiero la verdura!”. Esta madre, porque solemos ser las madres, se dedica a realizar un delicado y escrupuloso trabajo de cirugía, extrayendo cada judía del plato como si de un elemento invasor y perjudicial se tratase, mientras el niño, satisfecho, observa y espera. Ya me llama la atención que esa madre, o padre, autorice a su hijo/hija, carente de cualquier criterio nutricional y de salud, a decidir qué come y qué no come. Sin embargo, lo que en realidad me descoloca es que esa madre, o padre, no le digan al menos “Cariño, si prefieres no comerte la verdura, quítala tú”. Creedme cuando os digo que, a menudo, ante semejante desafío, el niño/niña acaba comiendo parte de la verdura porque le resulta bastante más cómodo que andar diseccionando el plato.
Esos niños son los que de adultos van a cenar a tu casa y, después de que hayas pasado la tarde en la cocina para agasajarlos como anfitrión, te sueltan eso de “’¡Ay! Es que no me gusta mezclar el dulce con el salado…”, “¿La ensalada lleva piña? No me gusta la piña”, etc. Si tengo confianza, suelo contestarles “Sabes que te quiero, que me encanta que vengas a casa a cenar y estar contigo de tertulia, de risas, pero la próxima vez que vengas tráete una fiambrera con tu cena”.

Todo esto me hace pensar en la Tolerancia a la frustración.

La frustración es un valioso principio educativo que se ha venido infravalorando en las dos últimas décadas. Es una habilidad que se entrena y que favorece actitudes más adaptativas, generativas y sanas. No podemos, como padres, como psicólogos, ni como educadores, olvidar que el niño no es naturalmente responsable, ni altruista, ni autocontrolado, ni constante. El niño es simplemente niño y es tarea de los adultos enseñarle conductas, principios y actitudes que favorezcan su autocontrol y por lo tanto su felicidad.

Por desgracia, solemos pensar que negarle algo a un niño, enfrentarlo a la idea de que no puede obtener todo o que desea, cuando lo desea y tal y como lo desea es contraproducente. Pensamos que el niño va a sufrir y que un niño debe ser feliz, así que tendemos a caer en el error de tratar de proporcionarle aquello que nos pide, especialmente si fue algo de lo que carecimos nosotros de niños, independientemente de las circunstancias y contexto.
Sin embargo, ¿cuánto tiempo va a pasar hasta que “nuestro” hijo se vea sometido a su primera decepción?, ¿durante cuánto tiempo podremos evitarle el enfrentarse a la frustración?. Tal vez poco, o quizás más… Lo cierto es que no podremos hacerlo de forma indefinida y, para cuando ese momento llegue, ese niño no estará preparado para abordar y procesar esa experiencia. En nombre del amor mal entendido, lo hemos dejado indefenso.

Entenderemos frustración como la emoción de decepción que tiene lugar cuando uno desea algo y no logra obtenerlo.

Es responsabilidad de los adultos el enseñar a los niños a distinguir entre necesidades y deseos, al tiempo que poner límites a las constantes peticiones, demandas y exigencias de los mismos. De este modo lograremos facilitar un valioso aprendizaje; el darse cuenta de que no siempre se pueden satisfacer los deseos, de que tampoco se obtiene cualquier deseo de forma inmediata o total. Es más, aprender a tolerar la demora, a aceptar la limitación, a asumir la frustración forma parte necesaria del sano desarrollo de un ser humano. De no ser así, ese niño será un adulto que, creyendo que sus necesidades y bienestar están por encima de cualquier consideración, norma o circunstancia, resulta incapaz de tolerar la más mínima molestia, el menor contratiempo, dificultad o demora en la satisfacción de todos y cada uno de sus deseos. No tendrá la capacidad para tolerar situaciones o emociones imperfectas, difíciles o desagradables, considerando cada contrariedad como un fracaso catastrófico e insoportable.

Un niño que no haya sido educado en una adecuada tolerancia a la frustración será un niño histérico; infantiloide e inmaduro en los razonamientos y conductas propias de su edad, irresponsable, egocéntrico, dependiente, descontrolado, inestable, irascible, insatisfecho e infeliz.

Algunas de las consecuencias de la Baja Tolerancia a la Frustración en la edad adulta son:
• Hipersensibilidad hacia lo desagradable y/o difícil.
• Magnificación y sobregeneralización de la parte negativa o imperfecta de cada situación.
• Irritabilidad y enfado justificados en la falacia su idea de la justicia.
• Resentimiento, quejas y victimismo habitual.
• Falta de responsabilidad y de disciplina.
• Desmotivación y falta de valoración de lo que se tiene y se logra.
• Vulnerabilidad a las conductas de riesgo y conductas impulsivas (como las adicciones).
• Predisposición a determinados trastornos de la personalidad.
• Inestabilidad emocional.
• Baja autoestima.

Con todo esto, es importante recordar que un niño necesita autoridad y amor y que estos conceptos son compatibles y complementarios. La negación de cualquiera de ellos tendrá una grave repercusión negativa en su desarrollo psicológico, emocional y social.

Por todo esto y sabiendo que el niño aprende de lo que ve y no tanto de lo que oye, desde aquí te proponemos; pon una frustración en la vida de tu hijo.
Será más feliz y aprenderá a valorar lo que sí tiene, aceptando sanamente lo que no tiene como parte natural e ineludible de la vida.

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