PENSAMIENTOS FRÍOS Y CALIENTES

PENSAMIENTOS FRÍOS Y CALIENTES25 Jun
Últimamente, estoy leyendo un libro sobre autocontrol llamado "El test de la golosina" de Walter Mischel. ¿Autocontrol? Suena tan poco interesante...
Lo sé, pero sólo lo suena.
 
El test de las golosinas es una prueba real en la que unos investigadores ofrecen a niños de tres años en adelante la siguiente dicotomía: "Te voy a dejar sólo en este cuarto enfrente de esta sabrosa chuchería - los investigadores se aseguran de que al niño le encante esa chuchería-. Puedes comértela en cuanto me vaya, pero si no lo haces y te esperas a que vuelva, te daré otra igual, y podrás comerte dos chucherías". Los niños se esfuerzan muchísimo para no caer en la tentación y alcanzar el objetivo: dos maravillosas chucherías.
 
De eso va el autocontrol: manejar las apetencias o impulsos inmediatos en pro de un beneficio mayor. Eso es lo que hacemos cuando queremos hablarle mal a alguien y nos contenemos; cuando queremos comprar algo pero nos detenemos a hacer números; cuando posponemos el ocio para trabajar. El autocontrol es imprescindible para dejar una relación de pareja a la que estamos enganchados, incluso para vivir un duelo de un familiar que se ha marchado. Es imprescindicle, en ocasiones, para evitar que la tristeza nos inunde o que la ira nos destroce. La sensación de dominar o manejar la emoción se hace a través del autocontrol.
 
Para entender el autocontrol, dividimos los pensamientos en "fríos" y "calientes". Los pensamientos calientes son aquellos que suscitan multitud de emociones. Por ejemplo, para alguien que está a régimen, imaginar un bollicao es un pensamiento caliente. Genera apetencia, emociones, tendencia a la acción (en concreto, a abrir la nevera). Para alguien que acaba de comer, un bollicao es un pensamiento frío: no le suscita ningún movimiento interno. El autocontrol es la capacidad de <<enfriar>> un pensamiento: los niños que están delante de la golosina generan estrategias como la distracción para que la chuche sea menos atrayente; para que sea menos caliente y puedan resistir la tentación.
 
En este punto aparece una faceta desconocida del autocontrol. Todos los adultos tenemos pensamientos calientes, que a veces hemos arrastrado desde la infancia: heridas de nuestros progenitores, rupturas de relación (de cualquier tipo), enfados sempiternos, o errores propios que ensombrecen nuestra imagen de nosotros mismos.
 
El autocontrol trabajado con técnicas terapéuticas permite asumir con sosiego una infancia difícil, permite observar con tranquilidad algunos defectos propios o ajenos, nos facilita la autocompasión, o poder disfrutar de los recuerdos de algún fallecido sin levantar ampollas.
 
Lo vivido es imposible de cambiar, pero desde luego, se puede enfriar, aliviar, sosegar.

Puedes ver el experimento en http://youtu.be/Ku-ctnnwel8

Julia Benlloch

https://www.youtube.com/watch?v=iKGCBbcp1bI