Llenarse de mañana

Llenarse de mañana02 Sep
La idea piloto de estos posts es contar cómo se vive la psicología desde <<el otro lado de la mesa>>. ¿Se conmueven los psicólogos? ¿Lloran? ¿Piensan en sus pacientes al llegar a casa?¿Estamos siempre tan serenos como mostramos?
 
Para empezar, he decidido hablar de algo positivo y agradable: la depresión… bueno, su cura.
 
Cuando llega alguien con depresión -o depresión mayor según los manuales- a la consulta, el dolor que trasmite es descarnado. No sólo hay una tristeza en tal o cuál faceta de su vida, es TODO amargo. Y además, todas las áreas vitales están recubiertas de una capa espesa de desesperanza. No existe el presente. Hay un cierto “Todo ha ido mal; todo va a ir mal”.
 
Entre tanta amargura, el terapeuta puede vislumbrar que el cliente ni se reconoce. Me gusta una teoría que dice que los pacientes con depresión han sido muy fuertes durante demasiado tiempo, y lo que tienen es una especie de <<agotamiento vital>>. Por eso, los propios clientes saben de sí mismos que han sido luchadores y personas capaces, con que ¿qué DEMONIOS me ha pasado? Además de sufrir por sus preocupaciones, están desorientados frente a tanta y tanta tristeza.
 
Así empieza una terapia para la depresión. Desde muy muy abajo. Muy bajo porque el estado de ánimo suele ser llamativamente bajo, y porque evalúes el área que evalúes -familia, ocio, trabajo…-, siempre hay negrura.
 
Puedes imaginarte al terapeuta luchando a brazo partido para contener la tristeza, para desculpabilizar al cliente, para motivarlo respecto a la terapia, etc. En esta etapa las sesiones son verdaderamente intensas.

Personalmente, me lo imagino como uno de esos videojuegos de guerra. El cliente ha perdido todas sus tierras. Han talado árboles y arrasado aldeas. Al cliente le queda un reducto más bien pequeño de terreno, un pueblecillo. Desde ahí, él y yo elaboramos estrategias de todo tipo para arrebatarle espacios al enemigo -la tristeza, of course-. He dicho que el terapeuta trabaja a brazo partido, pero el paciente más todavía.
 
Y así, en esa intensidad, de repente un día ocurre algo. “He pensado que voy a dejar de fumar”, o “Me he apuntado a clases de inglés”. Él o ella lo dicen así, sin más. Pero yo puedo notar como todo se apacigua dentro de mí. Ya está. Hay calma. Ha aparecido un manantial de agua subterránea. Ha salido a la superficie. Le voilà.
 
¿Que por qué? Muy fácil. Es un proyecto de futuro. Este tipo de proyecto, tan tontorrón, revela un cambio profundo en la manera de pensar. Hay esperanza, hay mañana, y es un mañana en el que el paciente tien algo que decir.
 
Después de esa bendita frase, la terapia va a seguir. Trabajaremos cualquier elemento que pueda provocar futuras depresiones, seguiremos generando más cambios. Pero ya en calma. La guerra está ganada. Hay agua.